/0/24872/coverorgin.jpg?v=032e324468bb6285672c751841582adb&imageMogr2/format/webp)
Llego a casa por la tarde después de un terrible último primer día de clases de preparatoria. El ánimo se olfateaba en los pasillos, la emoción por estar cada vez más cerca de la universidad y la nostalgia por despedirse de los amigos eran casi palpables. Para mí fue difícil, extraño, provocó una punzada de melancolía típica de un corazón roto. Un corazón que se curará, pues de amor nadie se muere.
Hubo una votación para decidir qué actividad haríamos como generación, algo que nos definiera como alumnos. Alguien propuso un baile de fin de curso, otra persona planteó hacer una obra teatral en donde todos estuviéramos involucrados. Alguien ofreció pintar una pared del colegio, cada quién obtendría un trozo de muro y sería libre de decorarlo como quisiera.
Me gustó esa última propuesta, el problema fue que, para cuando la dijeron, yo había propuesto un típico cliché de las películas: La cápsula del tiempo. Guardaríamos por 25 años algo que nos representara, de forma que, cuando la generación que estaría 25 años después de nosotros la abriera, pudiera ver un poco de los que fueron alumnos antes que ellos. Y de esa forma, el objeto contaría una historia. En conjunto, se contaría la historia de nosotros como generación. Voté por la idea de pintar el muro, pero la mayoría votó por mi idea. Y mi idea se quedó. Ahora tengo que buscar algún objeto para guardar con los objetos de todos los demás el sábado. Este objeto debe contar una historia, mi historia. ¿Qué le puedo dar a alguien del futuro para que pueda darse una idea de cómo era yo? ¿De mi experiencia durante la preparatoria?
Una historia, la idea es contar una historia. Bien.
/0/11469/coverorgin.jpg?v=20250115162112&imageMogr2/format/webp)